Ustedes serán amamantados y llevados en brazos, y mimados en el regazo. Yo los consolaré a ustedes como consuela una madre a sus hijos, y en Jerusalén hallarán consuelo. Isaías 66:12-13
En tiempos de aflicción, podemos caer en el hábito de acudir a Dios como último recurso. La comida, las relaciones, el trabajo y la tecnología, entre otras cosas, son maneras de escapar que nos seducen con la falsa promesa de hacernos sentir mejor. Pero ya sea que nos deleitemos con ellas o no, siempre terminaremos vacíos y agotados sin que el problema desaparezca.
Buscar a Dios en vez de nuestras distracciones requiere el dolor de estar presentes en nuestra angustia, conscientes de nuestra profunda necesidad, buscando una solución celestial en lugar de los placeres y entretenimientos de este mundo. En nuestra lectura de hoy, Dios les recuerda a los hijos de Israel que, incluso en el desordenado y doloroso espacio entre la promesa y el cumplimiento, Él nunca comienza algo que no vaya a terminar. En la lucha de Israel por convertirse en una nación después de años de sufrimiento y exilio, Dios nunca los abandonó. Por el contrario, Israel experimentó su rescate de maneras abundantes y diversas.
Dado que somos hijos de Dios, el rescate prometido a Israel se extiende a nosotros: es una invitación a acudir a Él con la plena confianza de que seremos reconfortados. Tenemos la seguridad de que “el que comenzó en [nosotros] la buena obra, la perfeccionará” hasta el fin (Fil 1.6).
Padre celestial, perdóname por las veces que he buscado consuelo en lo que no llena. Hoy me acerco a Ti con el corazón abierto, reconociendo mi necesidad de tu paz y consuelo verdadero. Abrázame como una madre consuela a su hijo, y ayúdame a confiar en que Tú terminarás la buena obra que comenzaste en mí. Que en medio del dolor, encuentre en Ti descanso y esperanza. En El Nombre de Jesús, Amén.